Historia verdadera de la inmaculada concepción de Diego y Santiago

Por Criseida Santos Guevara, lunes, agosto 28, 2006

A la fecha, muchas personas me preguntan cómo se embarazó Ana. Y yo me quedo pensando y mirando fijamente una caja de Merapur que todavía conservo en mi escritorio y recuerdo.

Es la historia de un amor como no hay otro igual

Ana y yo nos conocimos a los dieciséis años míos y quince de ella. Yo iba en tercero de prepa y ella entró a primero. En realidad, sólo nos llevamos seis meses. Yo nací en mayo y ella en octubre. Nuestra historia y amistad fue creciendo y madurando a través de experiencias y viajes que compartimos durante todos los años posteriores en la carrera. La conocí en las etapas más diversas. Cuando tenía frenos y usaba unos lentes enormes, cuando empezó a trabajar, cuando entró a Arquitectura y conoció a su primer novio en serio (había tenido otros, pero no tan en serio) y cuando a los 20 años decidió cambiarse a Artes, en una escuela diferente a la mía. La conocí cuando se moría por ir a vivir a New York, cuando pensaba no tener hijos y cuando volvió a quererlos en su vida. Por eso, el año en que empezamos a andar me dijo muy seria: “Nada más que tienes que tomar en cuenta que quiero tener hijos”. Me quedé con la boca abierta. Yo tenía 25 años y todavía no decidía un asunto como ese en mi vida. Yo vivía en Las Cruces, New Mexico y ni siquiera tenía claro si volvería a Monterrey. Ella, que ya vivía en la Ciudad de México, me dijo que no lo pensara tanto y me arriesgara, que me fuera a vivir con ella. Yo estaba empanicada. La serie de historias suburbanas y apócrifas del DF me tenían muy impresionada y tenía mis dudas en venir a vivir a un monstruo de ciudad. El caso es que el 16 de diciembre de 2003 tomé la decisión más importante de mi vida. Tomé un avión y me fui a vivir para siempre con Ana. Al principio no fue fácil. No encontré trabajo con la rapidez que me hubiera gustado, pero poco a poco me fui adaptando a ese cambio tan radical. Yo estaba tan enamorada de Ana que el 2 de enero de 2004 nos fuimos a “casar” a las Pirámides de Teotihuacán. Me dio un mes exacto para acoplarme a mi vida de mujer casada y retomó la plática que teníamos pendiente desde el año pasado. Me dijo que ella iba a tener hijos, que era una intención muy seria en su vida. Que le gustaría tenerlos y criarlos conmigo, pero que, si no, ella iba a buscar la manera de embarazarse. Yo le dije que estaba bien, que nos diéramos un año. Si la relación funcionaba, entonces nos aventábamos el paquete. En el fondo de mi corazoncito siempre quise tener hijos, sólo que tenía un miedo profundo de repetir esquemas y patrones. Tenía miedo a ser como mi madre había sido conmigo y no quería arruinarle la vida a un ser inocente. El año pasó y en enero de 2005 le comentamos a nuestra terapeuta nuestras intenciones. Ella nos recomendó a un doctor y en febrero fuimos a preguntar cómo funcionaba el proceso.

Necesito dinero, pero mucho dinero

Nos sentamos un nueve de febrero de 2005 en el consultorio del doctor Barros y dijimos sin rodeos: “Queremos tener hijos”. El doctor nos miró y preguntó cuál era el procedimiento que queríamos seguir. Le explicamos que nuestra terapeuta nos había platicado de uno en el cual los óvulos míos podían fertilizarse junto a los de Ana, ver cuáles eran viables e implantarlos en el útero de ella. Nos dijo que sí era posible. Nos

dio una lista de exámenes médicos y un presupuesto aproximado. Nos recomendó optimizar recursos, es decir, que sólo una se hiciera el tratamiento de ovulación y a la otra se le implantara, pero nosotras decidimos la democracia de la naturaleza. Quisimos entrarle las dos y dejamos en claro que Ana sería la portadora. A mí siempre me ha dado igual llevar un bebé o no en la panza, así que, si Ana quería experimentar los achaques del embarazo, por mí estaba bien. Salimos del consultorio y nos fuimos a casa. Hicimos cuentas, abrimos una cuenta bancaria mancomunada con el único objetivo de ponerle dinero cada mes, lo más posible, hasta reunir la cantidad tentativa que nos había dicho el doctor.

Ay dolor, ya me volviste a dar

En diciembre de 2005 ya habíamos reunido la cantidad que el doctor nos había dicho. Fuimos a consultarlo y nos dijo que lo primero que debíamos hacer era empatar nuestros ciclos menstruales. Esto nos tomó un mes, así que en enero que ya por fin estábamos sincronizadas, nos recetó la primera dosis de medicamento. Eran inyecciones subcutáneas que ayudaban a producir folículos que a su vez se convertirían en óvulos. Había que aplicar el medicamento a la misma hora y como yo en ese momento daba clases a las 7:30 am, la hora que quedó fue las 6:00 am, incluyendo sábados y domingos. Este medicamento nos iba a acompañar hasta unos días antes de la punción. Y pensamos que así de fácil iba a ser todo. Un piquetito subcutáneo y ya. Pero al cabo de unos días, cuando vino la última regla para Ana, nos mandaron un examen hormonal y una serie de inyecciones intramusculares de otro medicamento. A partir de este momento íbamos cada dos días a monitorear los folículos. Al día, nos estábamos aplicando dos subcutáneas y una intramuscular. Al cabo de los días, la piel y las pompis se vuelven extremadamente sensibles. Mi tormento terminó el 15 de febrero. Ese día fuimos a la punción. Así es como se le dice al acto de extraer los óvulos. El 15 de febrero era miércoles y yo no tenía clases, así que fue fácil llegar al hospital Ángeles Lomas que está en Huixquilucan. Nos mandaron tan lejos porque allá es donde tienen el equipo. La cita fue a las 7:00 am, pero yo me debrayé tanto que salimos a las 5:00 am de mi casa y llegamos a las 6:00 am. Para colmo de males, como iba a ser una operación en quirófano, teníamos que estar en estricto ayuno, así que ni un café para mitigar el sueño ni el hambre podíamos tomar. Y el pinche frío que hacía que todavía Ana no puede perdonarme. El doctor llegó a las 7:30 am y nos pasó a una salita de espera. Nos dijo que nos aplicáramos una ampolleta y decidiéramos quién iba primero a la punción. Decidimos que yo fuera la primera. Me pusieron gorro, bata y zapatos esterilizados y me treparon en la plancha. Me colocaron el aparato que mide la presión automáticamente, me pusieron suero, oxígeno y casi a las 8:00 am, anestesia general. Lo que sucedió a continuación no lo recuerdo, pero dicen que es algo así: abren las piernas en una camilla tipo ginecólogo, todo está perfectamente esterilizado pero al aire libre; meten una jeringuilla en uno de los ovarios, en el que más folículos viables haya; los extraen; inmediatamente esos óvulos son depositados en un medio estéril, probablemente dentro de una cajita de Petri y ahí esperan a que se les pongan los espermas, mientras tanto, te cierran las piernitas, te ponen en la cama de recuperación y aunque parezca un procedimiento sencillo, duele muchísimo.

Lo siguiente que recuerdo fue un regaño de la enfermera por estarme jalando el oxígeno. Luego vino el doctor para ver cómo estaba y ahí empezó mi pachequez. Lo agarré a besos y empecé a contarle a las enfermeras que me había ido de luna de miel

a Hawaii. De rato, trajeron a Ana a la sala de recuperación. Para ese entonces yo me había intentado parar, pero un dolor muy fuerte, como un gran gran gran gran gran gran cólico me había dado, así que me habían puesto un analgésico en el suero y me habían dicho que volviera a acostarme. Como todavía estaba borrachina entre la anestesia y el analgésico, lo único que acerté en hacer cuando oí a Ana que lloraba al lado de mi cama fue a acariciar la cortina, según yo la estaba consolando. Como a las 9:30 am, pude abrir los ojos. El doctor vino a hablar conmigo, porque era la más consciente. Me dijo que recordara ponerle dos inyecciones más a Ana, ya que ella sería la portadora y debían prepararle el medio. Ya para ese entonces yo me sentía un poco abochornada por mi comportamiento previo. Me dijeron que me sentara, que estuviera así unos minutos. Si podía sostenerme, entonces era que ya se me estaba pasando la anestesia. Me ayudaron a bajar de la camilla y me dijeron que ya podía ir a vestirme. No fue fácil, nada fue fácil. Estábamos completamente perdidas y con mucha hambre. Tomamos un taxi afuera del hospital y le dijimos que nos llevara al World Trade Center. Cerré los ojos y lo siguiente que escuché fue: “Y aquí a dónde le doy?” Estábamos afuera del World Trade, habíamos hecho una hora de regreso y las dos veníamos perdidísimas en nuestro mundo. Nos bajamos en un Vip’s para desayunar algo, pero sentíamos una molestia generalizada. Sobre todo, Ana, sentía mucho dolor en el vientre. Nos fuimos a la casa y nos tumbamos en la cama a dormir hasta las 6:00 pm.

Ay, dolor, ya me volviste a dar II

En el momento de la punción, me sacaron 10 óvulos a mí y 12 a Ana. Los pusieron en una caja de Petri y pusieron la muestra de semen que habíamos comprado días atrás. La muestra era del mismo hombre. Lo escogimos con características similares a nuestros gustos, es decir, lo escogimos con gusto por la música, pelo café y alto. El sábado 18 de febrero volvimos al hospital de Huixquilucan para que hicieran la transferencia. El doctor nos había advertido que los óvulos iban a seguir un camino natural, es decir, iban a aceptar o no aceptar al espermatozoide, iban a desdoblarse en dos, cuatro, ocho y dieciséis células según el curso propio de cada uno. Iba a ocurrir tal cual hubiera ocurrido en nuestro cuerpo, de manera que no podíamos esperar 22 óvulos fecundados, a lo mucho 8. De esos 8, iban a escoger 3 que por la edad de Ana era lo máximo recomendado. Pero resulta que de los 22 óvulos únicamente 4 completaron la división hasta 16 células. El doctor le enseñó a Ana las fotos de cada óvulo. Eran dos míos (“dos hermosas y esplendorosas mórulas”, dijo Ana) y uno de ella (“una vil uva pasa arrugada”, dijo Ana). Le hicieron la transferencia mediante un catéter. Esta vez no hubo anestesia general y sólo Ana entró al quirófano, perfectamente consciente, pero con ropa esterilizada y con los zapatos y gorro azules de peyón. Luego, pasó algo similar a la punción: las piernas abiertas, las manos detenidas a los lados para que no fuera a intervenir. El doctor y un ayudante prendieron una cámara como de ultrasonido para monitorear lo que pasaba dentro de Ana, le pidieron que se relajara porque el catéter debía entrar en el primer intento y con facilidad para garantizar la supervivencia de los embriones que únicamente pueden permanecer con vida a temperatura ambiente aproximadamente treinta segundos. El mes antes ya habían hecho una prueba previa de transferencia para saber si cabía o no el catéter porque tiene que perforar el útero. Entonces Ana se relajó, le introdujeron el catéter despacio mientras ella veía en el monitor cómo entraba y por dónde iba pasando. Cuando llegaron al útero, depositaron los embriones en una de las paredes. Los doctores pusieron cara de “tú viste dónde

quedó la bolita”, pero inmediatamente el doctor le dijo a Ana que se relajara y esperara dos horas en esa posición. Nuevamente estuvo en la sala de recuperación y le mandaron reposo ABSOLUTO durante dos semanas. A partir de ese día y durante un mes, tuve que aplicarle dos ampolletas diarias de progesterona para que los embriones se fijaran en el útero. Fueron días de extrema ansiedad, porque no hay manera de saber si pegó o no, sino hasta que pasa el mes y la gonadotropina coriónica humana se hace evidente y se puede efectuar un examen para determinar si hay o no embarazo.

We are the world… we are the children

Apenas el resultado fue positivo, fuimos al primer ultrasonido. Se veía muy evidente que había un embrión y atrás de él se veía una manchita. El doctor nos dijo que era uno. Nos dio cita para el próximo mes y nos mandó a casa llenas de tantas emociones encontradas. Primero de felicidad por estar embarazadas, pero de tristeza porque los otros no habían pegado. La sorpresa fue en el segundo eco, que nos dijo: “Anita, Cris, pues estaba yo equivocado… son dos”. Nos pusimos muy felices. Pero nos advirtió que el mamífero humano no está diseñado para tener dos bebés y que en cualquier momento uno se podía salir o dejar de gestar. No obstante, las especulaciones empezaron. ¿Serían niños o niñas? Ana dijo: “son dos hombres y encima, van a ser libra”. El papá de Ana fue premonitorio: “el medio químico, el PH, seguro favorece la procreación de niños”. Otro amigo dijo: “no te apures, sólo existe un 25% de probabilidad de que sean dos niños”. Pero como a todos los porcentajes mínimos le habíamos estado atinando, pues nos salieron dos hombres. Yo quería uno y uno, era el balance perfecto. Iban a ser Diego y Sofía. El doctor nos había dicho que el de arriba era seguro niño y el de abajo podía ser niña. Pero al cabo de los meses, Sofía resultó Sofío y tuvimos que buscar un nombre de niño. Ni modo de quitarle su nombre a Diego. Ana sugirió Santiago y a mí me gustó mucho. Desde entonces Diego y Santiago. Diego es el de arriba, mide y pesa más. Santiago es el de abajo, mide un centímetro menos y pesa unos gramos menos. Ya los reconocemos por su perfil.

Se acerca la hora cuchi cuchi

Diego y Santiago pueden nacer, a partir del 7 de septiembre, cuando se les dé la regalada gana. Ahora le estoy inyectando a Ana la sustancia que sirve para que los pulmones de los bebés maduren. Ana está por cumplir 30 semanas de embarazo. En caso de que los bebés nazcan en la 32 (semana en la que la mayoría de los gemelos nacen) van a poder adaptarse con mayor facilidad al ambiente gracias a las inyecciones. El doctor nos ha dado tres fechas, la más lejana es el 24 de octubre. La decisión de su nacimiento es completamente de ellos. No van a llegar a término porque pesan mucho, pero pueden llegar a la semana 38.

Estamos muy emocionadas. Ya tenemos la ropita con la que saldrán del hospital. Un montón de cobijas. Una dotación provisional de pañales de tela. La cuna está por llegar. Tienen una cantidad aceptable de ropa. En el momento que deseen pueden nacer, los estamos esperando y ya queremos conocerlos.

 

Epílogo: 

Santiago y Diego nacieron en octubre de 2006, sanos y guapos.